A pocos kilómetros de Xi’An se encuentran el museo y el sitio de excavación de la tumba del emperador Jingdi, el cuarto emperador de la China unificada (el de ayer era el primero). Esta tumba fue descubierta hace nada (1998) y por eso no es tan conocida como la de los guerreros de terracota.
La tumba del emperador Jingdi ofrece un contrapunto interesante al belicismo de los guerreros de Qin. Se ve que dicho emperador no estaba muy preocupado por los asuntos de guerra sino por temas mucho más mundanos. Por esta razón en vez de enterrarse con un ejército de guerreros tamaño real, decidió enterrarse con más de 50.000 pequeñas figurinas de cerámica entre las que destacan animales domésticos y figuras humanas vestidas con túnicas de seda (el tiempo se ha llevado los vestidos y los brazos de madera que eran articulados).
Como en el caso del emperador Qin, los mausoleos del emperador y la emperatriz (dos enormes montañas) todavía no se han escavado; sólo su periferia. Preguntamos el porqué pero no obtuvimos respuestas muy convincentes: es peligroso, temas políticos, presupuesto, supersticiones,…
Por cierto la guía decía que no se podía llegar a esta tumba en transporte público pero sí que se puede. Hay que coger el bus nº4 (uno pequeñito, no los naranjas) desde Xihuamen que te deja allí en frente (Hanyangling museum). El mismo museo habilita unos coches de golf gratuitos para el desplazamiento entre el museo original y el impresionante y recién estrenado museo subterráneo.
Por la tarde apuramos nuestras últimas horas en Xi’An paseando por el curioso barrio musulmán que te transporta a un país del Magreb con sus olores, puestos callejeros, mezquitas y mujeres con shador. También vimos un pequeño espectáculo de sombras chinas. En resumen, Xi’An nos ha gustado mucho no sólo por su riqueza arqueológica sino también porque es una ciudad limpia, ordenada y agradable.
La tumba del emperador Jingdi ofrece un contrapunto interesante al belicismo de los guerreros de Qin. Se ve que dicho emperador no estaba muy preocupado por los asuntos de guerra sino por temas mucho más mundanos. Por esta razón en vez de enterrarse con un ejército de guerreros tamaño real, decidió enterrarse con más de 50.000 pequeñas figurinas de cerámica entre las que destacan animales domésticos y figuras humanas vestidas con túnicas de seda (el tiempo se ha llevado los vestidos y los brazos de madera que eran articulados).
Como en el caso del emperador Qin, los mausoleos del emperador y la emperatriz (dos enormes montañas) todavía no se han escavado; sólo su periferia. Preguntamos el porqué pero no obtuvimos respuestas muy convincentes: es peligroso, temas políticos, presupuesto, supersticiones,…
Por cierto la guía decía que no se podía llegar a esta tumba en transporte público pero sí que se puede. Hay que coger el bus nº4 (uno pequeñito, no los naranjas) desde Xihuamen que te deja allí en frente (Hanyangling museum). El mismo museo habilita unos coches de golf gratuitos para el desplazamiento entre el museo original y el impresionante y recién estrenado museo subterráneo.
Por la tarde apuramos nuestras últimas horas en Xi’An paseando por el curioso barrio musulmán que te transporta a un país del Magreb con sus olores, puestos callejeros, mezquitas y mujeres con shador. También vimos un pequeño espectáculo de sombras chinas. En resumen, Xi’An nos ha gustado mucho no sólo por su riqueza arqueológica sino también porque es una ciudad limpia, ordenada y agradable.


